Ciudad jugable, ciudad jugada: un futuro deseable

Me gusta este concepto. Una ciudad que acoge el juego y no sólo lo permite, sino que lo provoca. Me gusta también el concepto porque no alude a la infancia ni especifica dónde o cómo jugar. Simplemente una ciudad que se deja jugar y disfruta viendo crecer el juego. Y de esta manera, la ciudad jugable se convierte en ciudad jugada.

¿Por qué, cuál es el objetivo de una ciudad jugable si no es convertirse en ciudad jugada?

Creo que no me equivoco si digo que la semilla de la ciudad jugable la encontramos en La città dei bambini, promovida por el maestro Francesco Tonucci  allá por el  año 1991. Fue en su ciudad natal, Fano, donde la semilla germinó por primera vez. Actualmente existen en el mundo casi doscientas ciudades que han hecho suya la filosofía de Tonucci y han apostado por dotar a sus ciudades de espacios públicos en los que los niños y las niñas puedan jugar de manera libre y segura, e imaginando y haciendo realidad esos espacios con la participación activa de los propios niños y niñas en el gobierno de la ciudad. Es decir, entendiéndolos como sujetos de derechos y cocreadores, y no como objetos de protección o meros consumidores.

Sabemos (aunque a menudo lo olvidamos) que la Convención Internacional de los Derechos del Niño, proclamada en  Nueva York en 1989 por la Asamblea de las Naciones Unidas, y concretamente en su artículo 31, nos habla del derecho de la infancia al juego y al descanso: Todos los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a jugar, a descansar y a participar en actividades recreativas propias de la edad. También tienen derecho a participar en actividades culturales y artísticas, por lo que los estados han de promover oportunidades adecuadas y en condiciones de igualdad para que puedan integrarse en ellas.

Queda claro, pues, que garantizar el juego en la ciudad ya no puede ser optativo, sino que ha de ser un compromiso de la administración pública y de toda la sociedad. En este sentido, necesitamos una nueva mirada de las políticas urbanas, culturales, educativas y sociales desde el juego. En primer lugar, porque es nuestra obligación y en segundo lugar, porque tal como constata Tonucci, una ciudad jugable es una ciudad más saludable, más sostenible y más inclusiva. Él lo dice así: No dejamos salir a los niños a la calle porque pensamos que la calle es peligrosa, yo estoy convencido de que la calle es peligrosa porque no hay niños en ella

Una aclaración, cuando hablo de ciudad jugable lo hago inspirada en la definición de juego utilizada por el Comité de Derechos del Niño, en su Observación General nº. 17 de 2013: Por juego infantil se entiende todo comportamiento, actividad o proceso iniciado, controlado y estructurado por los propios niños; tiene lugar dondequiera y cuando quiera que se dé la oportunidad. (…) El juego entraña el ejercicio de autonomía y de actividad física, mental o emocional, y puede adoptar infinitas formas, pudiendo desarrollarse en grupo o individualmente. Estas formas cambian y se adaptan en el transcurso de la niñez. Las principales características del juego son la diversión, la incertidumbre, el desafío, la flexibilidad y la no productividad.

Es decir, no se trata de crear muchos parques y zonas infantiles en donde “permitir” el juego de los niños y niñas, sino de concebir la ciudad, sus barrios, sus calles… desde una perspectiva lúdica y ofrecer oportunidades creativas para que el juego se dé. Todo un cambio de mirada.

Por suerte, cada vez aparecen más iniciativas en esta línea que ensayan los diferentes qué y cómo para transformar nuestras ciudades a través de la ludicidad.  

Os presento dos de las nuevas experiencias más inspiradoras que conozco: PlayFul Paradigm,  en Esplugues de Llobregat y el Plan de Juego en el espacio público de la ciudad de Barcelona.

Dos experiencias de transformación profunda con la mirada puesta en la infancia, sin olvidar que los adultos también juegan y que, como decía al empezar este post, una ciudad jugable y jugada es una ciudad:

  •  Más saludable: porque el juego es salud física y bienestar emocional.
  • Más sostenible: porque el juego al aire libre necesita espacios verdes y pacificados, lo que revierte la contaminación acústica y del aire.
  • Más inclusiva: porque el juego favorece la vida comunitaria sin distinción de género, capacidades, orígenes o procedencias. Es una ciudad para todas las personas que la habitan.

Os dejo aquí la presentación que preparé para el INDER (Instituto de Deportes y Recreación de Medellín) el pasado mes de agosto, titulada La ciudad jugable: el juego como medio y fin, con la finalidad de contribuir a extender el juego a través del deporte y la recreación en su ciudad.  

 

Termino con unas palabras de Eduardo Galeano (Las palabras andantes):

En la pared de una fonda de Madrid hay un cartel que dice: 

Prohibido el cante.

En el aeropuerto de Río de Janeiro, hay un cartel que dice:

Prohibido jugar con los carritos porta-valijas.

O sea: todavía hay gente que canta y todavía hay gente que juega.

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