El aire conmovido

–Fotografía de Jessica Hilltout en el reportaje La felicidad es redonda: el fútbol en África del National Geographic

Después de las jornadas cammusianes Juguem per meravellar-nos he vuelto más intensa y poética, quizás por eso me apunté entusiasmada a la invitación de la amiga Aurora para ir al CCCB a ver la exposición En l’aire commogut. Y es que Federico García Lorca siempre me ha conmovido, él y, por supuesto, su Romancero gitano.

La exposición se inicia con sus versos Romance de la luna, luna:

La luna vino a la fragua

Con su polizón de nardos

El Niño la mira mira

El niño la está mirando

En el aire conmovido

Mueve la luna sus brazos

Y enseña lúbrica y pura 

Sus senos de duro estaño.

Aquí podéis escuchar la versión cantada de Paco Ibañez.

El recorrido empieza y acaba con la mirada puesta en el niño que la mira mira… la está mirando… En las infancias que no están ciegas ante nuestro mundo difícil y caótico, y que a menudo les genera miedo. Y se pregunta si no es desde este miedo que pueden mirar y miran el mundo mejor que nosotros, los adultos. Quizás porque miran aquello que les es próximo y real, a la vez que lo mezclan, jugando, con lo más profundo de su imaginación.

Tres palabras: el – aire – conmovido, que se prolongan en 8 salas, y homenajean a Federico García Lorca y a su idea de duende. Aire, entendido como aquella atmósfera que se crea entre quién observa y la obra de arte observada. Aire, convertido en atmósfera donde tiene lugar la emoción, o el duende, como le gustaba decir a Lorca.

La exposición es un paseo poético que consigue crear un aire que conmueve. Aire que respiramos y que se conmueve con nuestro aliento y nos conmueve a la vez, por aquello que ve, por aquello que escucha, por aquello que siente, por aquello que es, que crea y recrea. Por los lugares y los no lugares que juegan a ser. Por la rabia y los gestos que se transforman en acción política. Aire que se transforma y nos transforma en un círculo inacabable de emociones. Imágenes vistas y escuchadas, palabras inspiradas y esculpidas, sonidos que resuenan y nos traspasan… En definitiva, emociones que tan bien sabe expresar nuestro rostro cuando es niño, y que despacio se va endureciendo, perdiendo la expresión e, incluso, a veces, la capacidad de conmoverse.

Cómo decía, la exposición acaba devolviendo la mirada a los niños que miran miran y a quienes la conmoción del aire les ha robado la infancia: niños en los campos de exterminio, en Hiroshima, pero también hoy en Siria, Afganistán, Sudán, Burkina Faso, Ucrania, o Gaza. Donde su mirada conmocionada está llena de terror, tristeza, rabia y desesperanza. Y, aun así, «bajo las bombas los niños son capaces de utopía», porque son capaces de continuar jugando mientras están vivos.

Me habría encantado poder mirar por un agujero al comisario de la exposición Georges Didi-Huberman y a todo el equipo reflexionando y debatiendo sobre cuál es el aire que nos conmueve, eligiendo las más de trescientas piezas que muestra la exposición, relacionando artistas, obras, lugares, gestos…, en el juego del conocimiento, la imaginación, la sensibilidad y la acción poética y política. Porque estoy convencida que realmente el aire conmovido del cual nos habla Lorca, tiene que ver con el verano invencible del cual reflexiona Camus y, por supuesto, al repensar el mundo a través del juego que es capaz de maravillarnos, como los niños que bajo las bombas son capaces de utopía.

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